domingo, 13 de agosto de 2017

jugamos con promesas con la insensatez de los niños que aún preguntan por qué el cielo es azul,
y se nos dio bien pintarle la cara al invierno con los olores de un verano que siempre acaba en septiembre,
no tuvimos el miedo adulto de reventarnos las tripas con las cuatro aristas de esta cama hasta que nos tocamos la herida y vimos que era la sangre del otro, 
pero aún así
nos cogíamos de la mano y nos dábamos los buenos días con el silencio de la mayor revolución que puede caber entre unas sábanas,
por eso
cuando te pregunté si querías que me fuese aguanté la respiración y me tiré al suelo con las manos en las orejas,
¿sabes una cosa?
 aprendí el concepto de implosión, porque me desperté ileso pero vacío por dentro,
y ondeé una bandera blanca mientras sorbía de tus pupilas las palabras que querías disparar
pero no podías. 

entonces decidí hacer guardia en los recovecos que dejaste al cerrar un ojo,
y nunca olvidaré todo el frío que hizo en ese escondite,
en el que tuve que quemar hasta los recuerdos,
para quitarle el negro a la víspera de la peor despedida
y guardar el luto por el cielo azul, 
mientras recorría el viaje arterial de tus latidos
cuando los escuchaba con la cabeza ladeada, 
y notaba como me derretía con el compás macabro que marcaba
o se me ponía la piel de gallina
cuando te ponías de espaldas.

cuando amaneció volví a bajar a la playa que te dejaba el cabello en tu nuca,
y esta vez el color de la bandera no me importó,
porque me zambullí salpicándote de los besos que supe que echaría de menos
mientras tu sonrisa me pedía que me metiera mar (o más) adentro

y nos fuimos otra vez a la retaguardia de esta habitación, y aunque nos hicimos los dormidos, 
volvimos a desvelarnos desnudos, con el suspiro de los que saben que han vuelto a perder una batalla
porque han querido o porque se han querido.




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