miércoles, 1 de noviembre de 2017

Despertar se le ofrece como el acto de locura cotidiano más necesario para poder seguir muriendo, la paradoja de tener que enfrentarse a las sábanas deshechas y al aliento ácido que recorre su paladar para ponerse en pie y repetir la misma rutina hasta tener que volver al mismo sitio, cansado y aturdido, y desear “ojalá mañana sea un día mejor” mientras se quita el yelmo y mira las manos agrietadas que lo sostienen, hasta que exhale un último suspiro antes de apagar la luz y notar como las sombras vuelven a susurrarle lo que han hecho mientras no estaba, le hablan de travesuras propias de niñas malcriadas y se ríen con una carcajada profunda que se le queda clavada en los parietales, te hemos estado imitando todo el día, y que le hace obliga a manotear en la oscuridad buscando el interruptor sin darse cuenta de que si no abre los ojos y vuelve a desvelarse no conseguirá hacer que se callen.
Despertar e irse a cabalgar el gusano de metal que recorre las arterias de una ciudad todavía dormida, nadie mira a nadie y la mayoría tienen colapsada su atención en las miles de pequeñas pantallas que iluminan el vagón y residen en sus manos, la vibración de un nuevo mensaje les recuerda que están vivos y mientras rozan palabras de cristal parecen como si estuvieran montándose en los lomos de su Clavileño particular y volasen muy lejos del asiento aséptico de plástico en el que descansan sus nalgas, están poseídos por un hechizo que él es incapaz de comprender y se escapa de su percepción, sube los hombros con resignación mientras  sale por las puertas corredizas y otros tantos entran cabizbajos sumidos en esa magia también paradójica que además de acercarlos, los aleja.
Cuando llega a su destino, las filas le parecen también la obra de una realidad paralela, dan la vuelta a las esquinas y se cuelan por las tiendas, las casas y las plazas mientras unos cuantos reparten números con los que intentan dotar de una identidad en medio de la muchedumbre a las miradas perdidas o a los rostros que imploran algo al cielo con una mueca que roza ya el optimismo más ridículo, de repente uno de los números comienza a gritar: “ ¡Queremos salir a las calles y encontrar la dignidad de nuestro linaje, ese que se estampa contra los gigantes que nadie ve pero todos saben que están ahí, los que con sus pulcras uñas destripan la solidaridad de nuestra especie y son los culpables del egoísmo más atroz, ellos  son los que tienen que escuchar el grito del ardor de una guerra que disputamos cada día, sin fin, para que se den cuenta que el vencedor no es el que más tiene sino el que más lucha!”, todos le miran horrorizados, se llevan el dedo índice a la sien y realizan un par de rotaciones en el aire y observan como aparecen otros dos números, aunque estos completamente diferentes, y se llevan en volandas al disidente, mientras este realiza aspavientos ante la actitud impávida de los demás, siseando como prueba irrefutable del orden que mantienen hasta obtener la aprobación silenciosa del trabajo limpio y bien hecho por parte de todos, acompañada incluso de algún aplauso que acaba por asfixiarse en alguna parte.
Despierta cuando oye su número y se acerca hacia la mirada errática de la funcionaria que ni siquiera pone atención a su saludo; veamos, sí, de acuerdo, lamento comunicarle que no tiene usted ninguna oferta que se adecúe a sus capacidades, ¿ha puesto usted que es mi segunda salida a estas tierras enfermizas?, sí, lo he puesto y también que tiene experiencia como caballero y camarero a tiempo completo, pero no me sale nada, es lo que hay, a veces las cosas son así, cuando pensamos que nos merecemos algo interesante no aparece nada para nosotros, pero, recuerde, cuando se cierra una puerta se abre una ventana. Siguiente, por favor.
Mientras se aleja, los chirridos del metal decrépito retumban por la oficina, “¿dónde se esconde la suerte?”,  se pregunta mientras busca una montura que pueda llevarle de vuelta a las cuatro paredes que configuran su existencia actual, pero no encuentra respuesta en ninguna de las voces que estallan en su cabeza ni en las miradas extrañas de los transeúntes, que van desde la risa hasta la más descarada lástima,  que se encuentran demasiado imbuidos en su propia gesta y no tienen tiempo para apartar la mirada del camino estipulado, ya no es época para las grandes aventuras, hoy solo toca sobrevivir.

Dormir y que la resignación de la derrota abarque las cuatro esquinas del habitáculo, regirar hasta el último rincón no sirve ya de nada, la cordura le dice que confíe en el infinito mientras vuelve a tirarse encima de la cama, allí, en su reino particular, una vez se duerma volverá a ser uno más, el mismo que antes de tener que emprender este viaje de forma obligada, su intuición conoce que allí no tendrá que volver a preocuparse del desahucio de esta dimensión, de manera provisional la cordura volverá a inundar la vista cansada de su despertar, por lo menos será libre en ese cautiverio onírico hasta que el insomnio vuelva a arañarle los párpados y le desee buenos días.

domingo, 13 de agosto de 2017

jugamos con promesas con la insensatez de los niños que aún preguntan por qué el cielo es azul,
y se nos dio bien pintarle la cara al invierno con los olores de un verano que siempre acaba en septiembre,
no tuvimos el miedo adulto de reventarnos las tripas con las cuatro aristas de esta cama hasta que nos tocamos la herida y vimos que era la sangre del otro, 
pero aún así
nos cogíamos de la mano y nos dábamos los buenos días con el silencio de la mayor revolución que puede caber entre unas sábanas,
por eso
cuando te pregunté si querías que me fuese aguanté la respiración y me tiré al suelo con las manos en las orejas,
¿sabes una cosa?
 aprendí el concepto de implosión, porque me desperté ileso pero vacío por dentro,
y ondeé una bandera blanca mientras sorbía de tus pupilas las palabras que querías disparar
pero no podías. 

entonces decidí hacer guardia en los recovecos que dejaste al cerrar un ojo,
y nunca olvidaré todo el frío que hizo en ese escondite,
en el que tuve que quemar hasta los recuerdos,
para quitarle el negro a la víspera de la peor despedida
y guardar el luto por el cielo azul, 
mientras recorría el viaje arterial de tus latidos
cuando los escuchaba con la cabeza ladeada, 
y notaba como me derretía con el compás macabro que marcaba
o se me ponía la piel de gallina
cuando te ponías de espaldas.

cuando amaneció volví a bajar a la playa que te dejaba el cabello en tu nuca,
y esta vez el color de la bandera no me importó,
porque me zambullí salpicándote de los besos que supe que echaría de menos
mientras tu sonrisa me pedía que me metiera mar (o más) adentro

y nos fuimos otra vez a la retaguardia de esta habitación, y aunque nos hicimos los dormidos, 
volvimos a desvelarnos desnudos, con el suspiro de los que saben que han vuelto a perder una batalla
porque han querido o porque se han querido.




sábado, 17 de junio de 2017

El patetismo de escribir sobre uno mismo es a veces uno de los mejores bálsamos para relativizar los fracasos y los éxitos. Hoy escribo aquí porque de verdad las circunstancias me lo piden, porque una versión más reposada y dotada de una mayor sensatez de mí me está enseñando de una manera muy sobria, pero especialmente cruda por esa sencillez, la versión de una realidad que siempre me ha rodeado pero que nunca supe ver desde una posición más alejada, más experimentada y más, mucho más, racional. 

Las relaciones interpersonales humanas son un juego de contrastes entre las expectativas y la realidad de las cuales de las dotamos, entre lo que esperamos, la imagen que nos construimos. las inseguridades que reflejamos en ellas, el miedo a perder o ganar, a darle un significado más trascendental a cosas que no deberían tenerlo, o por lo menos deberían de una manera diferente, de reconsiderar que las despedidas existen y que muchas veces son sencillamente el preludio a nuevos encuentros y ligeros paréntesis entre reencuentros que nos ponen el relevo entre lo que fuimos un día y lo que somos, para ver que realmente toda esta verborrea y palabrería tan llena de academicismo es innecesario, porque las lecciones que mejor se recuerdan son las que uno aprende sin etiquetarlas como tales, porque la incomodidad es la que te hace regirarte hasta encontrar la mejor posición en este viaje que engaña con su aparente lentitud, con sus aparentes señales que en realidad apuntan a todas partes y a ninguna pero que siguen dependiendo de las decisiones que se toman cada día y a cada momento, de no tener nunca suficiente, de entender que realmente no hay nada esperando más allá de la salida de cada sol y seguir conspirando con nuestro porvenir es una auténtica estupidez. 

Hoy escribo porque lo necesito, tengo el resquemor en alguna parte que no consigo localizar de algo amargo que se me escapa por la lengua y que se me escurre entre la voz, la nostalgia de lo incógnito y que sin embargo me hace pensar que cuando vaya a dormir y continúe algo mejorará. O empeorará. 


sábado, 13 de mayo de 2017

extienda los brazos y gire sobre sí mismo,
hay veces que las alucinaciones de dar vueltas en círculo,
te hacen darte cuenta que la salida y la entrada están en el mismo sitio
donde las dejaste antes de cerrar la puerta,
antes de coger el mismo avión
en el que espero encontrarte,
moviendo los brazos.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Nictalopia

aunque me arranque de las cuencas el último resoplo de una noche lejana, en la que las fronteras de este mundo se reducían a la silueta de una mañana borrosa en la que los buenos días se regalaban de cualquier manera menos con los labios, no puedo evitar vernos reflejados en la turbiedad de un charco de saliva que pisamos con los pies descalzos mientras reímos, porque ahora ya no escupimos promesas diarias ni casi dibujamos la piel del otro en las tardes de un domingo lluvioso con el olor del café planeando por la mesa, por la cama, por la puerta entreabierta en la que siempre me acabo asomando para ver si encuentro algún resquicio de algún sueño que se te haya quedado abandonado y pueda apropiármelo, para que así por lo menos, sea capaz de verte de alguna manera

jueves, 15 de septiembre de 2016

jueves, 1 de septiembre de 2016

Cosas de familia.

Nos asustó a todos con un cacareo matutino anunciando que esa noche no había dormido, sino que se había muerto. Entre tatareo y tatareo nos lanzó a que hirviéramos en un cazo una infusión del tallo de tres orquídeas marchitas con polvo de alquitrán porque le habían avisado, en algo que describió como un sitio con mucha niebla y pocas muchachas, que si le volvía a pasar y no bebía ese brebaje, apenas se hubiese acabado de desvelar, ya no volvería de esos viajes. Mientras me apresuraba, sonreí porque supe que ya no era la única, saqué los potes de debajo de la alacena rogando para que nadie notara los trozos de tierra mojada que tenía entre las uñas...

jueves, 18 de agosto de 2016

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intento pensar que no es tu piel el lienzo en blanco de otro intento de poesía rota
pero las palabras siguen diluyéndose en la epidermis de este silencio
otra vez
y me siento como un Ícaro con alas de papel que sobrevuela con los ojos cerrados
los cadáveres de tantos días putrefactos que algún día quisimos resucitar
otra vez
no sé dónde me acerco, aunque en el fondo quiero llegar a lo más bajo,
para que cuando el hilo alquitranado de estos párpados se rompa, 
no me encuentre contigo, 
no
y solo sienta alguna lágrima de acuarela, diluyéndose en la córnea cansada 
de esta historia.





domingo, 10 de julio de 2016

al fondo a la derecha, donde el corredor comienza a estrecharse,
allí te esculpiré (¿escupiré?) la palabra productividad en las grietas de tus putas muelas,
para que todo el mundo vea a la le(n)gua qué es lo que pretendes,
usted está aquí
y sigo caminando en círculos preguntando por tu falda,
hago esfuerzos por recordar y ni siquiera sé cómo estabas vestida,
pero producción y arte no van cogidas de la mano,
allí donde dejo las palabras encuentro después los brotes de tu mirada,
en el cajón, en la ducha o en la entrada hacia la izquierda,
esperando, pacientes, para atracarme

viernes, 24 de junio de 2016

en días como hoy, me gusta construir una maqueta con las colillas mojadas de los trozos de las noches que no recuerdo, le pongo tu voz en la espalda para que no pase frío y le toco la barbilla para que me mire a los ojos, pero noto como su mirada está llena de reproches y ceniza y le ladeo la cabeza hacia al otro lado, dejando al descubierto la piel grisácea y delicada de un cuello que apenas recordaba, y nos quedamos así, en un silencio que apenas se ve interrumpido por el paso de un coche en la lejanía, o el maullido-protesta de tres gatos que se cambian indecisos de arcén cuando nos ven mirando a cada uno en direcciones 

dife             rentes.



domingo, 8 de mayo de 2016

Puede que un día dejes de romper todos los esquemas mentales y psicológicos que mi mente sea capaz de crear